
Con unos ojos llorosos y una mirada perdida, Juan vio por última vez a su abuelo en la cama de un hospital. No conocía a su abuelo sin embargo, si sabía como era. Bajo apresurado del auto rojo de su padre, y corrió con toda sus alma, por una ancha escalinata, que lo llevaría a la cuarto, donde el “tarzan”, apelativo de su abuelo, lo esperaba. Diviso el cuarto oscuro y vio a un hombre de cabellos blancos, de cuerpo escuálido sentado sobre una cama, mirando hacia el horizonte, como quien presintiese que va morir. Tarazan se veía desprotegido.

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